Una vez desmontado el módulo de diseño la realidad se impuso. Nos encontramos con una buena cantidad de materiales, los que pudimos rescatar del desmontaje, y con la necesidad de encontrar una solución liviana, habitable y acorde a nuestro presupuesto.

Coincidió ese momento con que inevitablemente hubimos de hacernos cargo de algunas pertenencias del antiguo Labo (ver notas del artículo anterior de esta serie); hasta ese momento habíamos podido almacenarlas en la nave de Julián Camarillo. Algunas, como las sillas de “la cafeta”, eran perfectas para ese espacio, al fin y al cabo son las típicas sillas de terraza de verano, de plástico rojo. Otras sin embargo, como era el caso de un enorme lote de libros, necesitaban estar a cubierto.

El invierno prácticamente tocaba a su fin, comenzaba la mejor temporada para el uso de un solar, primavera y verano. Aún así quisimos asegurar un espacio a cubierto de la lluvia. Creo recordar que fueron “Madres contra la droga” quienes nos prestaron La Carpa Naranja. Había sido el comedor de campamentos de verano para chavales en la montaña. Era enorme y de una lona muy fuerte, prácticamente impermeable; casi. Además el color era estupendo.

Utilizamos este nuevo techo para organizar visualmente el espacio. Comenzamos por situarla al fondo sobre la plataforma de palés de manera que era lo primero que veías de frente al entrar. Orientamos la zona anterior, entre la puerta y la carpa, en la dirección contraria convirtiéndola en un teatro al aire libre.

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A la izquierda unas gradas de palé y tablero, en tres niveles, sobre las que dispusimos los casetones de pvc recuperados del módulo, hacían las veces de un anfiteatro mínimo. A la derecha construimos una tarima, también de tablero recuperado, que levantaba poco del suelo. Lo suficiente para sugerir “la magia” de la escena. En medio de estos dos elementos un espacio polivalente que adquiría carácter según la forma que dibujaran las sillas.

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Así durante toda la primavera el solar fue lugar de asambleas y de preparación de actos colectivos. Allí se habló del RES de ese año (Jornadas Rompamos el silencio) y, como no, de los problemas de vivienda; un clásico en el barrio de Lavapiés (esto es tema para otra serie de artículos). Pero volviendo al espacio, la reorganización que hicimos nos dio mucha vida. Con la desaparición del módulo habíamos perdido un icono pero también ganado amplitud, capacidad para redefinir constantemente los usos de ese cuadrado de tierra y cielo. Algo más adelante, durante las Jornadas Tabacalera a Debate, alcanzaríamos a ponerle nombre a esa cualidad de determinados espacios, a cubierto o al aire libre, como “Espacios de usos imprevisibles”.

Esa energía nos ayudó a repetir en el solar la experiencia del cine de verano como herramienta de relación vecinal, algo que habíamos ensayado años antes con bastante éxito, en la defensa del Parke de “La Muy Disputada Cornisa”. Así, durante junio y julio, vimos sobre todo pelis antiguas, comedias como “Atraco a las tres” y pelis de culto como “The Rocky horror picture show” (con disfraces, periódicos, pistolas de agua y toda la parafernalia).

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En septiembre u octubre de ese año (2004) una de las comunidades de vecinos lindantes nos pidió colaboración para poder reparar su medianería (esa que aparece destrozada al fondo en la foto de arriba, la que aparentemente se cae ;-). Eso significaba una buena cantidad de trabajo para nosotras. Había que desplazar tanto la plataforma como la carpa naranja para que la constructora pudiera acceder a la pared. Sería mas bien octubre cuando lo hicimos porque ya hacía fresco. En cualquier caso, estas cosas conviene hacerlas del tirón así que frío no pasamos, y de paso aprovechamos para ordenar y sacar un buen montón de trastos ya inservibles acumulados de la actividad del verano (igualito que en una casa).

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La carpa quedó separada como unos cuatro o cinco metros del muro. Ese espacio quedó como trasera de la actividad del solar en lo que duró la obra, que fueron varios meses.

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Nuestro pequeño foro durante el otoño-invierno de 2004-05

Así y durante un tiempo, esa actividad se recogió al interior naranja, de apariencia cálida aunque los hechos se empeñaran en llevarle la contraria. Allí suplimos durante el otoño y parte del invierno la carencia de un espacio de reunión mejor preparado para el frío. Una “catalítica”, litros, patatas ¿como no se nos ocurrió bajar un termo con algo calentito? Eramos poc@s, supongo que fue el calor de la conversación.

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